LA ERRADICACIÓN DEL HAMBRE

El hambre y la malnutrición nos enfrentan a la fragilidad humana y a la desigualdad
histórica.

La Agenda 2030 y los Derechos Humanos nos recuerdan que garantizar la alimentación es un deber
ético y colectivo. El futuro es incierto, pero actuar con conciencia y libertad es la única forma de
sostener la vida.
Hablar del hambre con el estómago lleno es solo hablar; quienes la padecen luchan, sobreviven y no
tienen voz. La Gran Logia Femenina de España siente la obligación de expresarse al respecto.
El hambre es una realidad incómoda que atraviesa silenciosamente la historia de la humanidad. No
como concepto abstracto, sino como experiencia tangible que confronta al ser humano con su
propia fragilidad. Millones de vidas apagadas no solo por la falta de alimentos, sino por decisiones
humanas, por conflictos, por intereses y por silencios. Hablar de la erradicación del hambre es
hablar de vida y de dignidad, de lo que permite a una persona proyectarse hacia el mañana.
El derecho a una alimentación adecuada forma parte del armazón original de los Derechos
Humanos, proclamados en 1948. Desde entonces, este derecho se reconoce como inalienable,
inseparable de la propia condición humana. Alimentar no es un gesto de caridad, sino un deber ético
y político. Sin embargo, como sucede con tantos principios fundacionales, entre la letra y la realidad
se abre un espacio de sombras donde millones de personas continúan sin lo mínimo necesario para
sostener el cuerpo y el espíritu.
La erradicación del hambre en el mundo se integra en el primer Objetivo de Desarrollo Sostenible
de la Agenda 2030, un pacto global impulsado por las Naciones Unidas que invita a transitar, de
manera colectiva, hacia un desarrollo más justo, equilibrado y sostenible. En ella se propone una
hoja de ruta compartida, consciente de que ningún objetivo puede alcanzarse de forma aislada y de
que la pobreza y el hambre son el cimiento sobre el que se asientan muchas otras desigualdades. No
es una promesa, sino una responsabilidad que interpela a Estados, instituciones, actores económicos
y ciudadanía.
En el contexto geopolítico actual, marcado por conflictos prolongados, desplazamientos
masivos, crisis climáticas y tensiones económicas, el hambre reaparece con fuerza como síntoma de
un desequilibrio profundo. No se trata únicamente de falta de recursos, sino de cómo se distribuyen,

de qué prioridades se establecen y de qué vidas quedan relegadas a los márgenes. ¿Puede sostenerse
un orden internacional que acepta el hambre como daño colateral? ¿Qué tipo de futuro se está
construyendo cuando lo esencial queda supeditado a estrategias de poder?
Durante siglos, la mayor garantía de alimento fue poseer un pedazo de tierra que cultivar, un
vínculo directo entre la vida, el esfuerzo y la subsistencia. Hoy, cuando esa relación se ha
fragmentado, conviene recordar que la única certeza absoluta es que, tarde o temprano, todas y
todos tendremos un trozo de tierra para yacer.
Erradicar el hambre exige voluntad, cooperación y una mirada que trascienda la inmediatez.
Requiere reconocer que sin alimentación no hay salud, sin salud no hay educación y sin educación
no hay libertad real. Una humanidad que normaliza el hambre —o cualquiera de las formas de la
malnutrición— compromete su propio porvenir y debilita los vínculos que hacen posible la
convivencia. Existen muchos desafíos en nuestro tiempo, pero garantizar el derecho a la
alimentación es uno de los más esenciales, porque de él nace la posibilidad misma de un proyecto
de vida.
La Gran Logia Femenina de España apela a la conciencia humana y confía en que, junto con los
compromisos asumidos en el marco de la Agenda 2030, avancemos hacia un horizonte donde el
hambre deje de ser una constante histórica. Preparar ese futuro es una tarea colectiva que se
construye día a día, con perseverancia y responsabilidad, para que cada amanecer pueda ser vivido.

The top view of the hand holding a spoon and knife,»nDining equipment. Isolated background