Parte I El Horror
Hace poco más de 80 años, el mundo estaba en guerra. La Segunda Guerra Mundial fue
la más devastadora de las confrontaciones que se han producido. Según diversos estudios,
a lo largo de 6 años murieron 80 millones de personas, de las cuales 23.630.000 fueron
víctimas civiles, principalmente ancianos, mujeres y niños.
Hace poco más de 80 años, los campos de Europa estaban sembrados de cuerpos de
jóvenes que habían luchado por su país, por defender aquello en lo que creían o,
simplemente, por defender a sus familias. En esos momentos, aún faltaban unas semanas
para que Adolf Hitler y su esposa, Eva Braun, se suicidaran en un búnker en el centro de
Berlín tras ingerir cianuro.
Hace poco más de 80 años, faltaban todavía algo más de 4 meses para que Estados
Unidos lanzara una bomba atómica sobre Hiroshima, matando a más de 286.000
personas y, tres días más tarde, sobre Nagasaki, dejando un rastro de 162.000 muertos.
Pero precisamente hace poco más de 80 años, entre el 17 de enero y el 26 de abril de 1945, se produjo una de las mayores atrocidades que el ser humano podía imaginar: las
conocidas como marchas de la muerte.
Estas marchas de la muerte fueron evacuaciones forzosas que se produjeron en todos los
campos de concentración alemanes, con el objetivo de no dejar supervivientes ni rastro de
las atrocidades cometidas. 56.000 prisioneros de Auschwitz iniciaron unas caminatas que
supusieron entre 55 y 63 kilómetros de sufrimiento, con temperaturas de 20º bajo cero,
para dirigirse a Loslau al oeste o a Gleiwitz al noreste. Más de 15.000 personas murieron
durante esos cuatro días por agotamiento, desnutrición o frío.
Pero Auschwitz no fue el único campo de concentración que existió durante el periodo
nazi, aunque sí fue el más perfecto como maquinaria de exterminio. Tampoco la huida de
Auschwitz fue la única que se produjo aquel mes de enero de hace poco más de 80 años.
De Stutthof salieron casi 50.000 prisioneros, o casi 30.000 desde Buchenwald. También se
desplazaron prisioneros desde Mauthausen, Ravensbrück o Sachsenhausen. Se tiene
constancia de 27 campos principales y más de 1.100 campos satélite repartidos por toda
Europa.
Muchas cosas impactan cuando visitas un campo de concentración: las torres de vigilancia,
la altura de las estructuras de alambre de espino para evitar fugas, el tamaño de los
barracones, las filas de literas de madera donde pasaban la noche, donde morían en
muchos casos de agotamiento y enfermedad, la altura de las chimeneas, los restos de las
vías del tren… Los campos de concentración son espacios muertos; más de 80 años después no hay vida, ni los pájaros se atreven a cantar, el silencio reina en todo el espacio. No es un silencio amable, propio de la reflexión. Es un silencio pesado, duro: es el silencio del horror.
Terezín fue un campo especial, el campo que se utilizó para justificar ante la Cruz Roja
que los judíos eran bien tratados. Era un espacio propagandístico, un campo de paso
donde los prisioneros permanecían un tiempo antes de ser enviados a otros lugares a
morir.
Dos cosas impactan en Terezín. Una es la sala llena de maletas, ahora vacías, donde los
deportados habían intentado conservar las cosas más significativas para ellos. Dicen que
estaban llenas de fotografías, libros, instrumentos musicales, instrumental médico y
juguetes. ¿Se pueden imaginar una decisión más dura? Guardar toda tu vida en una
maleta. La segunda, es el cementerio. En las afueras del recinto hay un cementerio con
más de 2.300 tumbas donde hay restos de más de 10.000 víctimas encontradas en
diversas fosas comunes. No están todos. Se calcula que en Terezín murieron más de 33.000 personas. Sus restos desaparecieron hace más de 80 años, convertidos en humo y
ceniza.
De Sachsenhausen también se pueden destacar dos imágenes: la primera, la enfermería,
donde supuestamente curaban a los enfermos, pero donde en realidad se realizaban
experimentos dignos del Dr. Josef Mengele. Aún hoy está llena de aparatos que parecen
más propios de una sala de tortura de la Inquisición que de un hospital. La vida de los
prisioneros no tenía valor; eran sujetos perfectos para amputar, operar, inocular virus o
experimentar… hacer lo que quisieran con sus cuerpos. La otra imagen son los hornos
crematorios.
Sachsenhausen no fue un campo de exterminio, no tenía cámaras de gas, pero desde el 12
de julio de 1936 hasta el 22 de abril de 1945, exactamente a las 11:08, cuando fue liberado, más de 140.000 personas murieron y desaparecieron sin dejar rastro. Los hornos están situados junto a unas salas de recepción donde cientos de personas fueron ejecutadas en cuanto entraban al campo. En estas salas de ejecución se les extraían dientes de oro, implantes y otros elementos de valor y se les enviaba directamente a los hornos, de donde salían por una de tantas chimeneas directamente hacia el cielo.
No se sabe exactamente el número de personas que perdieron la vida en los campos de
concentración. En los últimos meses de 1944, los trenes llegaban cargados de personas que pasaban directamente de las vías a la cámara de gas, sin que siquiera se tomaran la
molestia de registrarlas. Cientos de miles de personas, simplemente, desaparecieron
convertidas en humo.
Aun así, hay multitud de registros donde se calcula de manera bastante precisa el número
de personas que murieron durante el Holocausto, y estudiando estas cifras siempre
sorprende su magnitud.
Los masones ocupamos el octavo lugar entre los colectivos con más víctimas del
nazismo.