Plaza de Sant Felip Neri: El eco del silencio en Barcelona

Entre las callejuelas del Barrio Gótico de Barcelona se despliega la Plaza de Sant Felip Neri, un escenario donde la simbología emerge de su dualidad entre la vida y la muerte; el mismo destino hacia el que caminaba Antoni Gaudí cuando un tranvía truncó su camino.

Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… así hasta cuarenta y dos vidas arrebatadas, en su
mayoría de niños huérfanos. Un sacrificio ocurrido el domingo 30 de enero de 1938, en plena
Guerra Civil Española.
Años antes, era precisamente hacia este rincón donde se dirigía Antoni Gaudí, el fatídico día en que
su cuerpo acabó bajo los raíles de un tranvía. Del daño colateral, o del sacrificio, según se mire, dan
cuenta silenciosa las piedras heridas de la iglesia barroca que preside la plaza.
Más allá de ser el escenario de una tragedia que parece no cesar por doquier, y sin olvidar lo que allí
sucedió, la plaza es motivo de atención en la búsqueda del símbolo por un par de elementos que la
componen.

La Fuente Octogonal: Situada en el centro, su forma remite al número ocho. El ocho, que es
infinito cuando se tumba, representa un ciclo que muere y renace eternamente. De ella brota el agua
para purificar y nutrir la tierra; una melodía líquida que celebra la vida.
Las Tres Acacias: Rodeando la fuente, tres altas acacias custodian el lugar. Como diría Euclides, la
unión de tres puntos no puede sino formar un triángulo. Sus raíces profundizan en el mundo
subterráneo, recordándonos que no hay mejor lugar que la oscuridad para apreciar un destello de
luz, por fugaz que este sea.
Como curiosidad, este escenario ha cautivado al arte contemporáneo, siendo telón de fondo para
videoclips como «My Immortal» de Evanescence, o películas como «El Perfume» y «Vicky Cristina
Barcelona».
Hoy, si las paredes hablasen, tendrían mucho que contar al bullicio de transeúntes que desfilan con
el afán de capturar una foto mientras un guía desgrana datos históricos.
Sin embargo, el momento más mágico ocurre con la hora del patio: la plaza se cierra al tránsito y
recupera su esencia como espacio de recreo para los niños de la escuela vecina. Es entonces cuando
las piedras, marcadas por el horror del pasado, vuelven a vibrar con las risas y los juegos de los
inocentes.
Se recomienda visitarla de noche. Cuando el silencio reina, se puede contemplar con la serenidad
necesaria para sentir todo lo que emana de la tierra, la piedra y el agua de este rincón sagrado de
Barcelona.