Primera parte. ¿Existen realmente valores universales?
Cuando afirmamos que la libertad, la igualdad, la fraternidad, la dignidad o la tolerancia son
valores universales, surge inmediatamente una dificultad: basta observar la realidad para
comprobar que no todas las sociedades los reconocen de la misma manera, que su
significado ha variado a lo largo de la historia y que, incluso allí donde son solemnemente
proclamados, con frecuencia son vulnerados.
Esto nos obliga a preguntarnos qué queremos decir cuando calificamos un valor como
universal. Si por universal entendemos aquello que es efectivamente aceptado y practicado
por todos los seres humanos, difícilmente encontraremos valores que puedan recibir ese
nombre. Pero quizá la universalidad moral no deba entenderse de esa manera.
La Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 constituye un buen ejemplo. Su
enorme importancia histórica no significa que desde entonces los derechos que proclama
hayan sido respetados universalmente. La propia Declaración se presenta como un ideal
común hacia el que deben orientarse pueblos y naciones. Existe, por tanto, una
diferencia fundamental entre afirmar que algo es universal como realidad y sostener
que posee una pretensión de universalidad como horizonte moral.
Esta distinción resulta especialmente importante cuando tenemos en cuenta la diversidad
cultural. Las sociedades humanas han desarrollado diferentes concepciones de la persona,
de la comunidad, de la libertad, de las obligaciones y de la relación entre individuo y
sociedad. La existencia de documentos como la Declaración de El Cairo sobre los
Derechos Humanos en el Islam muestra que la formulación de los derechos puede
realizarse desde marcos culturales y religiosos diferentes.
El relativismo cultural nos ha enseñado algo muy importante que no deberíamos olvidar: no
se puede convertir nuestra propia tradición histórica en medida absoluta de todas las
demás. Muchos discursos, aparentemente universalistas, han servido en determinados
momentos para justificar dominaciones políticas, culturales o coloniales. Reconocer que
nuestra propia mirada está históricamente situada constituye, por ello, una saludable
exigencia de humildad.
Pero llevar esta crítica relativista tiene también una importante limitación. Si todo valor
dependiera exclusivamente de la cultura que lo sostiene, ¿desde qué criterio podríamos
cuestionar la esclavitud, la tortura, la discriminación o la persecución de una persona por
sus ideas, su sexo, sus creencias o su origen?
Además, las culturas no son realidades homogéneas que piensen y actúen como un solo
sujeto. Dentro de cada sociedad existen diferencias, conflictos y relaciones de poder. Son
las personas concretas quienes pueden sufrir exclusión, humillación, violencia o privación
de libertad. Por eso, el respeto a la diversidad cultural no puede significar la renuncia a
cualquier juicio moral.
Necesitamos, por tanto, una posición intermedia entre dos extremos: un universalismo
rígido que ignore la pluralidad humana y un relativismo radical que nos impida formular
cualquier criterio común. Podríamos denominarla universalismo crítico, abierto y en
construcción.
Desde esta perspectiva, un valor no es universal porque todos lo practiquen ni porque todas
las culturas lo formulen exactamente del mismo modo. Su pretensión de universalidad
depende de su capacidad para proteger y favorecer aquello que hace posible una vida
verdaderamente humana.
Son universales como horizonte aquellos valores que pueden contribuir a que cada
ser humano llegue a ser más plenamente humano sin impedir que los demás puedan
llegar a serlo también.
La universalidad deja así de ser una realidad terminada y se convierte en una tarea. La
pregunta ya no sería solamente «¿son universales nuestros valores?», sino otra mucho
más exigente: ¿a quién estamos dejando todavía fuera de aquello que proclamamos como universal?