Ser “agente de cambio» para la Masonería Femenina no es una simple aspiración, es
un diagnóstico y un plan de acción.
Durante décadas, la Masonería Femenina luchó por su legitimidad, por construir y
consolidar su espacio. Ese trabajo está en parte hecho, pero hoy no solamente cuenta
el número de personas que componen nuestra organización, sino el impacto de
nuestras acciones.
Nos enfrentamos a una paradoja: vivimos en un mundo que sufre un retroceso en
valores (tolerancia, laicidad, derechos) y que, a la vez, y en parte, nos percibe como
una institución obsoleta.
Estamos convencidas de que la Masonería Femenina no solo puede, sino que debe ser
un «agente de cambio» fundamental en esta sociedad. Pero para lograrlo, debe
transformar sus propios desafíos internos en sus mayores fortalezas externas y ser
capaz de vivir según los ideales que defendemos, de forma que la fraternidad
impregne todos nuestros trabajos y proyectos.
El mundo no nos necesita si somos un club de filosofía que repite fórmulas del siglo
XVIII. El mundo nos necesita si esas fórmulas son el antídoto para las enfermedades y
la deriva de las sociedades del siglo XXI. Y como sabemos muy bien, a pesar de haber
conseguido grandes logros a nivel legal, todavía estamos lejos de la verdadera
igualdad. Hasta que esta no sea real y tangible en la sociedad, la Masonería Femenina
será más necesaria que nunca. Por eso, debemos convertirnos en un «agente de
cambio», ya que somos un espacio de resistencia y propuesta frente al retroceso de
valores.
Debemos entender igualmente, que podemos ser el mejor antídoto del mundo, pero si
la juventud no sabe que existimos o nos ve como un grupo de señoras anacrónico, la
«Masonería Femenina del futuro» morirá y para que ello no suceda, tenemos que ser
conscientes de que nuestra tradición no es el problema; pero que nuestro lenguaje lo
es.
Hay que aprender a ser «Bilingües»: La Masonería del Futuro habla dos idiomas. Hacia
dentro, el lenguaje atemporal del Símbolo y el Rito. Hacia fuera, un lenguaje moderno,
claro y relevante. Debemos hablar de desarrollo personal y autoconocimiento, de
aportación a la construcción social, de impacto cívico y liderazgo ético, así como insistir
en que la discreción no es secretismo.
Mostrar, no decir: las nuevas generaciones desconfían de las instituciones. Para ser un
«agente de cambio» creíble, debemos mostrar nuestro trabajo. Debemos ser un
«templo de cristal»: opaco en sus misterios (el trabajo interno), pero transparente en
sus valores (la acción externa).
La «Masonería Femenina del Futuro» no es un lugar al que llegaremos. Es una acción
que debemos decidir tomar hoy. Ser «agente de cambio» significa asumir nuestra
responsabilidad, ser un modelo de cohesión, ser la voz valiente que defiende la razón y
la libertad en una sociedad que retrocede y tener la humildad de aprender un nuevo
idioma para dialogar con quienes construirán el mañana.
La Masonería Femenina es un «agente de cambio» cuando cada una de nosotras sabe
que nuestra Iniciación no fue un fin, sino el comienzo de nuestra misión para llevar
nuestros valores a la sociedad