Gertrude Bell I: De la Inglaterra victoriana al conocimiento de Oriente


Gertrude Margaret Lowthian Bell nació el 14 de julio de 1868 en el seno de una
acomodada familia inglesa. Su madre murió cuando ella tenía apenas tres años, pero
tanto su padre como, más tarde, su madrastra, Florence, favorecieron una educación poco
común para una joven de la época y estimularon una curiosidad intelectual que acabaría
marcando toda su vida. Bell creció dentro de la sociedad victoriana y de sus fuertes
limitaciones para las mujeres, pero dispuso también de unas posibilidades familiares y
económicas excepcionales que le permitieron desafiar muchas de aquellas convenciones.
Estudió Historia Moderna en Oxford y, en 1888, obtuvo unos resultados académicos
extraordinarios. Conviene recordar que las mujeres podían estudiar y presentarse a los
exámenes, pero Oxford no les concedería formalmente títulos universitarios en igualdad
con los hombres hasta 1920. Su paso por la universidad fue, por tanto, uno de los
primeros indicios de una trayectoria que iba a desarrollarse repetidamente en espacios
intelectuales, científicos y políticos dominados por hombres.
Bell no quiso limitar su vida al modelo doméstico que la sociedad de su tiempo
reservaba fundamentalmente a las mujeres de su posición. Su curiosidad se dirigió pronto
hacia Oriente Próximo. En 1892 viajó a Teherán, donde su tío Sir Frank Lascelles era
representante diplomático británico. Allí entró en contacto con la cultura persa y vivió
también una intensa relación con Henry Cadogan, joven diplomático con quien deseó
casarse. La oposición familiar y la temprana muerte de Cadogan convirtieron aquella
experiencia en un episodio doloroso de su vida, pero Persia había abierto ya para Bell un
horizonte que nunca abandonaría.
Una de las claves de su extraordinaria capacidad para conocer las sociedades que
visitaba fue el aprendizaje de lenguas. Estudió, entre otras, persa y árabe, además de
poseer una amplia formación lingüística europea. No se trataba únicamente de una
habilidad erudita. Poder comunicarse directamente le permitió aproximarse a dirigentes
tribales, autoridades locales y habitantes de regiones que para muchos viajeros europeos
permanecían filtradas por intérpretes y mediadores. Su condición de mujer le cerraba
numerosas puertas, pero paradójicamente le abría otras: podía entrar en espacios
femeninos vedados a los hombres europeos y, al mismo tiempo, gracias a su posición
social y a su personalidad, relacionarse con figuras masculinas de poder.
Sus viajes fueron mucho más que aventuras exóticas. Bell observaba, tomaba notas,
fotografiaba, cartografiaba, estudiaba monumentos y reunía información sobre las
poblaciones y las estructuras tribales de los territorios que recorría. Fue construyendo así
un conocimiento directo del Oriente Próximo que posteriormente adquiriría una enorme

importancia política. Su experiencia no procedía solamente de los libros, sino de años de
desplazamientos, conversaciones, observación y trabajo sobre el terreno.
La arqueología ocupó también un lugar fundamental. En 1909 realizó una importante
expedición por Mesopotamia y estudió, entre otros lugares, la fortaleza de Ujaidir, cerca de
Karbala. Sus recorridos por el Éufrates y otras regiones le permitieron combinar la
investigación arqueológica con un conocimiento cada vez más profundo de las redes
tribales y de la geografía humana de la zona. En Carchemish coincidió con T. E.
Lawrence, que entonces trabajaba como arqueólogo antes de hacerse célebre por su
participación en la revuelta árabe.
La comparación posterior de Bell con una especie de «Lawrence de Arabia femenina»
resulta reductora. Bell había construido una trayectoria propia mucho antes de que
Lawrence adquiriera fama pública. Su conocimiento de lenguas, arqueología, geografía,
estructuras tribales y relaciones políticas constituía una especialización singular,
desarrollada durante años y reconocida posteriormente por quienes recurrieron a ella.
Ahí reside buena parte de su importancia como pionera. No lo fue simplemente porque
una mujer viajara sola por territorios poco conocidos por los europeos. Lo fue porque
consiguió convertir su curiosidad intelectual, su formación y su experiencia sobre el terreno
en una competencia reconocida en ámbitos científicos, administrativos y posteriormente
políticos de los que las mujeres estaban casi completamente excluidas.
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, aquel conocimiento acumulado dejó de
tener únicamente valor cultural y arqueológico. El Gobierno británico comprendió que Bell
poseía información excepcional sobre territorios, rutas, grupos tribales y dirigentes locales.
Su incorporación al trabajo de inteligencia británico marcaría el comienzo de una segunda
etapa de su vida: la viajera, lingüista y arqueóloga pasaría a intervenir directamente en
algunos de los grandes acontecimientos políticos que transformaron Oriente Próximo.