Parte II Masones y masonas, víctimas del nazismo
Los nazis afirmaban que los masones (sobre todo los de mayor graduación) participaban
en la “conspiración judía” y consideraban la masonería como la principal causa de la
derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial. La Oficina Central de Seguridad del
Reich inició la persecución de los masones a través de una campaña ideológica
planificada por Josef Goebbels, que también fue responsable de la propaganda
antisemita.
Dentro del ideario nazi, es célebre la frase de Hermann Göring, comandante supremo de
la Luftwaffe y uno de los hombres de confianza de Hitler, que ya en 1933 dijo: “Para la
francmasonería no hay lugar en la Alemania nacionalsocialista.”
La persecución de la masonería comenzó de forma violenta en 1934. Ser masón se
convirtió en una condición muy peligrosa, por lo que sus miembros tuvieron que extremar
sus precauciones. Muchas logias se cerraron temporalmente y las reuniones se realizaron
de manera clandestina, en espacios muy reducidos.
En aquellos momentos surgió un pequeño objeto, insignificante, que pasó a ser un símbolo
de la masonería: la flor Myosotis, conocida popularmente como “no me olvides”. Una
simple flor, pequeña, de poco menos de un centímetro de diámetro, con cinco lóbulos de
color azul y el centro de un amarillo brillante.
Muchos masones adoptaron esta flor, en colgantes, con el objetivo de identificarse y, al
mismo tiempo, mostrar una esperanza duradera en la llegada de tiempos mejores.
Aunque se desconoce el número exacto de masones y masonas que murieron durante
aquel periodo, se calcula que cerca de 200.000 fueron asesinados como resultado del
decreto Nacht und Nebel (noche y niebla) que Hitler firmó en diciembre de 1941. Una vez
más, esta cifra debe ponerse en perspectiva: en aquel momento se calcula que en toda
Europa había cerca de 800.000 masones. Y mataron a 200.000.
Los prisioneros masones deportados a los campos de concentración tenían la
consideración de presos políticos; su delito era “participar en la conspiración judeo-
masónica” que pretendía poner fin al Reich de los mil años.
Se les consideraba personas librepensadoras y, por tanto, contrarias a los dogmas del
nazismo, que sostenía que la raza aria era superior al resto de razas, y consideraba que
Alemania sufría por la presencia de minorías raciales de nivel inferior. Por este motivo
predicaba que era necesario purgar la nación de todos aquellos grupos sociales que
supusieran una amenaza para la pureza del hombre ideal ario, ya fuera por origen racial
(como gitanos, eslavos o judíos), por ideología política (como comunistas, socialistas o
masones) o por condición física (como personas con discapacidades u homosexuales).
Los masones de la época cuestionaban esta supremacía, y por ello se convirtieron en
enemigos del Reich. Fueron detenidos, deportados, enviados a los campos de
concentración —básicamente a Oranienburg y Sachsenhausen— e identificados con un
triángulo invertido de color rojo.
Pero dentro de tanta oscuridad, también hubo algunos momentos de luz. Hace un poco
más de 80 años, concretamente el 22 de noviembre de 1943, se fundó la logia Liberté
Chérie en el campo de concentración Emslandlager VII, un campo secundario dependiente
del campo de Esterwegen, situado muy cerca de los Países Bajos. El campo estaba dirigido
por Otto Dietrich, uno de los oficiales más sanguinarios de la época. La logia se constituyó
con siete hermanos belgas, de los cuales solo dos sobrevivieron al Holocausto. Uno de ellos
murió en el campo a principios de 1944 y los otros cuatro durante las marchas de la
muerte de hace poco más de 80 años.
A lo largo de su breve historia, se iniciaron seis hermanos. De ellos, solo dos sobrevivieron
alcanzando el grado de maestro. De los cuatro restantes, uno murió a finales de 1944 y los
otros tres durante las fatídicas caminatas cruzando una Europa helada.
En el barracón número 6 de Emslandlage, vivían más de un centenar de prisioneros, que
estaban encerrados prácticamente las 24 horas del día. Solo tenían derecho a salir en el
momento de los recuentos y durante 30 minutos diarios en los que estaban autorizados a
caminar por los alrededores del barracón bajo estricta vigilancia. Aunque este barracón
era privilegiado porque no estaba sometido a trabajos forzosos —su función era clasificar
cartuchos de bala—la alimentación era tan pobre que se calcula que los prisioneros
perdían una media de 4 kg cada mes.
Este estado de debilidad fue el principal responsable de que la mayoría muriesen cuando
ya tenían la libertad al alcance de la mano. Se sabe que Fernand Erauw, uno de los dos
iniciados que sobrevivieron, al ser liberado de Sachsenhausen —donde llegó tras caminar
muchos días por una Europa helada— pesaba solo 32 kg. Medía 1,84 m de altura.
En 1948, mientras Europa comenzaba a recuperarse de los estragos de la guerra, un
maestro masón, Theodor Vogel, decidió recuperar el símbolo de la flor no me olvides en
memoria de todos los masones y masonas muertos en los campos de concentración. Mandó
fabricar miles de ellos pines con la flor y los distribuyó entre todos los ciudadanos de
Alemania como símbolo de fraternidad y unión.
Hoy en día, esta pequeña flor sirve de homenaje a los masones que perdieron la vida en
la guerra y, al mismo tiempo, como recordatorio de los lazos que unen a los hermanos y
hermanas a través de generaciones y más allá de fronteras, pensamientos, culturas,
religiones o cualquier otra diferencia. Es un símbolo de libertad, fraternidad, perseverancia
y paz.
Para seguir pensando, describimos una experiencia personal: “conocí a nuestra profesora
de alemán, Ulrique Ledeboer, que en aquel momento debía tener unos 40-45 años. Era
una mujer amable, educadísima y muy dulce. En un momento dado, salió el tema del
nazismo y Uli nos comentó que su padre había sido piloto de la Luftwaffe, la fuerza aérea
alemana. Nos explicó que su padre era un hombre culto, un gran lector, amante de la
música, que adoraba a su esposa, a su hija, a sus nietos medio catalanes y a sus perros.
Esa descripción no era la de un asesino que había matado a miles de personas en los
bombardeos, sino la de un hombre normal, que había pagado su error con unos años de
prisión y que ahora vivía jubilado en un pueblecito del centro de Alemania.
Entonces, ¿por qué un hombre así había luchado por el ejército alemán? Simplemente
porque había confiado en lo que le decían y en lo que leía en los periódicos, porque todos
los chicos de su entorno formaban parte de las Juventudes Nazis y él no quería ser
diferente, porque quería defender a su país ante las agresiones internas y externas… Y
porque nunca se cuestionó que aquello que le explicaban pudiera no ser verdad”.
¡Qué importante es la duda! ¡Qué valor tiene pensar más allá de los dogmas! Qué pena
que tantos y tantos jóvenes inteligentes y con estudios se dejaran influir por esas ideas.
Qué miedo que Europa pueda volver a vivir un periodo de oscuridad como aquel. Qué
tristeza que nadie se escandalice ante los gestos nazis de Elon Musk o los comentarios
xenófobos de Donald Trump.
Han pasado poco más de 80 años, tiempo suficiente para aprender y tiempo suficiente
para intentar que aquellas atrocidades no se repitan nunca más. Y tiempo para rendir
homenaje a todas las víctimas del Holocausto y a esos 200.000 masones y masonas que,
solo por querer respetar la libertad, la igualdad y la fraternidad, perdieron la vida hace
poco más de 80 años.