A la busqueda de símbolos masónicos

Visita a los Cementerios de Portbou y Venecia

Como el colegial que realiza la redacción de las vacaciones de verano, volvemos nosotras narrando
el viaje de Portbou a Venecia tras estos días de esplendor del Sol Invictus. Regresamos con un lema
en la mente: “memento mori”, no como mal augurio, sino como oda a la vida. Pues en este episodio
visitamos la simbología que hay en la materialización de uno de los polos del Ser, para reconocer y
amar al otro polo, sacándole así todo el potencial y poder en un futuro transitar por un espacio sin
tiempo, pasando de la horizontalidad a la verticalidad. Estamos hablando de la muerte y la vida.
Visitamos las tumbas de los eslabones pasados de Portbou y Venecia.
En Portbou como sucede en otros camposantos, las tumbas de los masones están en las de los
“otros”, aunque no hay sepultura terrenal que separe a los buenos hombres, sea cual sea su credo o
su espiritualidad.
En Venecia la cosa es distinta, por su naturaleza laberíntica y sin querer, es fácil perderse allí entre
callejuelas y canales. En Venecia se cumple aquella frase que dice: “la mejor manera de esconder
un árbol es ponerlo en medio del bosque”. Y así sucede, citando a San Mateo “busquen y
encontrarán”.
Y cuando encuentras, habiendo buscado con toda el alma, reemprendes la búsqueda para encontrar
esa luz que emana de tu interior, pues bien has aprendido que el día perece para dar paso
ineludiblemente a la noche.
En nuestras manos está saber cómo vivir y cómo morir para no perder de vista la estrella de la
mañana. Un reencontrarse con ella es la esperanza de todo ser humano, la esperanza que se labra
con insaciable perseverancia y amor desinteresado.
Sin más, las tumbas nos cuentan todo esto dicho hasta ahora, pero desde otra perspectiva. Los que
allí han llegado ya ven lo que es abajo como era arriba y lo que es arriba como era abajo. Por ello,
nos muestran esa escuadra y compás del revés, pues únicamente desde arriba se ve como era en el
templo masónico, que en su día fue su hogar.

La columna partida nos recuerda el memento mori, la fugacidad y la finitud. La columna partida
pertenece también al viudo o viuda de este otro que anduvo el camino del viaje solitario y recoge
con ella la fuerza que se forjó.

En la ciudad flotante, si uno persigue la pirámide,
hallará que en ella reposa el corazón de Antonio
Canova, acompañado por un león alado dormido y por
el genius de la muerte con su antorcha. Para llegar a la
pirámide primero hay que entrar en la Basílica (animo
al lector a buscar el significado de esta palabra) de
Santa María Gloriosa dei Frari y andar por el
pavimento mosaico. Entonces, si tu caminar traza la
línea recta y se sostiene en equilibrio en el abismo de
los opuestos, será revelado lo que andes buscando.

Si en cambio en la misma ciudad buscamos
una geometría distinta, de tipo circular,
encontraremos la Iglesia de Santa María
Magdalena inspirada en el Panteón de Roma.
Tommaso Temanza la reconstruyó en 1780. En
su entrada reina un triángulo y en su interior el
ojo de la providencia y reza en latín la
siguiente frase: “sapientia aedificavit sibi
domum” (la sabiduría edificó para sí una casa).
Dentro, la sepultura de Temanza con su
escuadra, compás y brújula, pues sabemos que
fue un amante de la filosofía.

Ya en la ciudad fronteriza de Portbou los que reposan, esperemos en paz eterna, tienen más allá de
los muros al borde de un acantilado un horizonte marino.

En los alrededores del cementerio, una intervención escultórica de
acero oxidado en memoria a Walter Benjamin nos permite adentrarnos
por un corredor de escaleras que descienden con vistas al mar y
ascienden con vistas al cielo, acompañado del ensordecedor viento de
tramontana. Gracias a la mano del escultor y artesano de la forja, el
visitante puede disfrutar del camino iniciático.

Para concluir una reflexión: podemos imaginarlo, jamás nos lo vendrán a contar de primera mano,
no nos queda más que prepararnos y disfrutar de buena manera cada amanecer.