DEL TOTALITARISMO AL PATRIMONIALISMO.

Pensando con Hannah Arendt. Algunas claves para entender el mundo de hoy


El pensamiento de Hannah Arendt nos ayuda a comprender algunas claves
fundamentales del presente. En Nueva York, donde disfrutaba, en 1947, de una vida
plena después del largo peregrinaje desde su salida de Alemania en 1933, su pérdida
de la nacionalidad en 1937 y su llegada, por fin, a Nueva York en 1941, escribió uno de
sus libros principales “Los Orígenes del Totalitarismo”. En él analiza el
nacionalsocialismo de Hitler y el estalinismo de la Unión Soviética y constituye un
documento imprescindible para explicar la idiosincrasia del totalitarismo.
Aunque siempre hubo guerras y exterminios en la historia, generalmente eran
motivados por la pura codicia o la sed de poder. Sin embargo, el régimen nazi se
caracteriza por la falta de sentido de su programa de aniquilamiento, en el que
resultaba totalmente indiferente enviar a la cámara de gas a un asesino o a un
completo inocente. Lo importante era hacer realidad la absurda idea de que la
hegemonía mundial de una raza superior puede llevarse a efecto a partir del terror y de
una organización perfecta. Para evitar los problemas de conciencia, los actores de esta
trama criminal se consideraban hermanados en una alianza secreta y de moral superior.
Así, Himmler explicaba a los batallones de las SS la gloria implícita que suponía
presenciar la muerte de miles de personas, soportando la repugnancia y guardando la
compostura.
Hannah Arendt considera esta pretensión de asesinar masivamente en nombre de un
deber histórico tan monstruosa e inhumana, que recurre al concepto de “mal radical”
para explicarlo. Los nazis construyeron un mundo ficticio libre de cualquier experiencia
perturbadora, es decir, sustituyeron la realidad por un sistema demente.
Este mundo de apariencias engendró muy pronto un movimiento de individuos aislados
e incapacitados para actuar de una manera colectiva. La dictadura necesitaba personas
para quienes el mundo como colectividad no existe, personas agrupadas tan solo por
una ideología. Hannah Arendt considera que estos seres sin patria existen ya desde
antes del nazismo y son un fenómeno propio de la modernidad.
El resultado de la dictadura totalitaria tiene su origen en el imperialismo, la tendencia al
poder sin límites. La supresión de las fronteras nacionales amplía la dimensión de los
conflictos antes acotados.
Según la ideología nazi, los alemanes son arios y seres superiores frente a una raza de
esclavos, la de los negros, los gitanos o los judíos. El racismo y el imperialismo se
complementan. El nacionalsocialismo llevó al extremo todas las tendencias del
imperialismo. Los nazis se consideraban un movimiento supranacional de elegidos con
el deber histórico de dominar el mundo. Por ello, todos los grupos que tenían una
proyección internacional y una conciencia propia se convirtieron en sus enemigos.

Los judíos eran un pueblo sin estado que, a pesar de estar disperso por todo el mundo,
se habían mantenido vinculados a una misión histórica propia a través de las creencias
y de la familia. La propaganda nazi convirtió el destino especial del pueblo judío en una
conspiración a escala mundial, y sólo una contra conspiración podía salvar al mundo. La
cuestión de que esta conspiración fuera, tal vez, una quimera no se planteó jamás.
Todos se comportaron como si fuera verdad y, así, la locura se transformó en realidad.
Pero tan pronto como los pilares fundamentales de esta construcción falsa dejaron de
funcionar, se pusieron de manifiesto las debilidades del sistema totalitario, que reventó
como una pompa de jabón. Las masas despertaron de un sueño en el cual no querían
seguir creyendo.
La experiencia central en un régimen totalitario es el abandono. Este abandono es
engendrado por el terror y lo específico de este terror no sólo es el hecho de que
destruye los vínculos entre las personas, sino también que el individuo pierde los
vínculos consigo mismo.
Arendt restringe el concepto de totalitarismo al nacionalsocialismo que terminó con la
muerte de Hitler, y al estalinismo de Stalin en la Unión Soviética. Se trata, según su
concepción, de variaciones del mismo modelo. En definitiva, para la política totalitaria
no son importantes el Estado y la Nación, sino el movimiento de masas, que se apoya
en elementos ideológicos como el racismo o la xenofobia. Características de esa forma
de gobierno son la transformación de las clases sociales en movimientos de masas
fanáticas, el abandono de la solidaridad de grupo, los asesinatos en masa, la pasividad
de las víctimas, las delaciones, así como la admiración por el crimen.
Para Arendt el totalitarismo es la única forma de Estado con la que no puede haber una
coexistencia o un compromiso.
Para controlar a las masas utilizan el terror y la propaganda. El terror, como
contrapartida de la propaganda, desempeñó un papel más grande bajo el nazismo que
bajo el estalinismo. Los nazis no liquidaron a figuras prominentes, sino a pequeños
funcionarios o miembros de los partidos adversarios, trataron de demostrar a la
población los peligros que implicaba la mera afiliación a esos partidos. Este tipo de
terror masivo advertía a la población que resultaba más seguro ser miembro de una
organización paramilitar nazi que un republicano leal. Esto además se vio reforzado
porque los nazis nunca renegaron de sus crímenes, siempre los reconocieron y esto
impresionó a la población. Las semejanzas entre este tipo de terror y el simple
gansterismo son demasiado obvias, pero no significa que el nazismo fuese gansterismo
sólo que los nazis aprendieron tanto de las organizaciones gansteriles americanas como
su propaganda aprendió de su publicidad comercial.
Lo que está sucediendo ahora en algunos países de nuestro entorno nos recuerda a
estas prácticas gansteriles. No se trata del autoritarismo clásico, ni de la autocracia, la
oligarquía o la monarquía, sino de un particular estilo de gobernar que los académicos
llaman patrimonialismo. No se define por instituciones ni reglas; más bien, puede
infectar todas las formas de gobierno al reemplazar las líneas de autoridad formales e
impersonales por otras informales y personalizadas. Está basado en la lealtad y las
conexiones individuales, en recompensar a los amigos y castigar a los enemigos (reales

o percibidos), y se encuentra no sólo en los Estados, sino también entre tribus,
pandillas callejeras y organizaciones criminales.
En su forma gubernamental, el patrimonialismo se distingue por gestionar el Estado
como si fuera propiedad personal o el negocio familiar del líder y en el mundo de hoy
están proliferando este tipo de comportamientos.
La antítesis del patrimonialismo no es la democracia sino la burocracia. El autoritarismo
clásico suele estar fuertemente burocratizado, sin embargo, el patrimonialismo
desconfía de las burocracias. La aversión de la gobernanza patrimonial al formalismo la
vuelve caprichosa e incluso antojadiza.
Además, a diferencia del autoritarismo clásico, el patrimonialismo puede coexistir con la
democracia, al menos por un tiempo, pero a medida que socava los mecanismos
procesales del gobierno, debilita y finalmente paraliza al Estado.
Max Weber consideró al patrimonialismo obsoleto en la era del Estado moderno, dado
que no puede competir ni militar ni económicamente con estados dirigidos por
burocracias expertas y aún hoy no está claro que puedan. A pesar de ello está ganando
terreno contra todo pronóstico. Los expertos consideran que este sistema adolece de
dos deficiencias: la incompetencia y la corrupción. Acabar con él pasa por hacer
oposición política poniendo de manifiesto estas grandes deficiencias, sobre todo la
corrupción.
Nuestra lucha y nuestro mensaje como masonas que aspiramos y queremos contribuir
al progreso de la humanidad se basa en el respeto mutuo entre todos los seres
humanos y en el análisis crítico de las ideologías o partidos que sólo llevan a la división
y a la confrontación. Lo más valioso del Estado de derecho, digno de ser defendido, es
la conservación de la libertad individual que sólo se logra con un total respeto a las
diferencias individuales de las personas y con la profundización en los derechos sociales
que disminuyen las desigualdades excesivas e injustas.