CONVERTIR NUESTRA VIDA EN UNA OBRA DE ARTE
Antes de la masonería especulativa que surge en el siglo XVIII existió, según la tradición
inventada por los fundadores, la masonería operativa compuesta por los constructores
de las grandes obras arquitectónicas de la Europa Medieval, entre las que destacan las
magníficas catedrales. Así, la historia mítica nos narra el particular modo de vida y el
estatus de estos obreros, artistas y arquitectos.
Vivían en comunidades llamadas Hermandades y compartían conocimientos técnicos
de su oficio que guardaban en secreto y que se transmitían oralmente de maestros a
aprendices. Los vínculos que establecían entre ellos eran muy estrechos y
conformaban auténticas fraternidades donde la ayuda mutua y el sentimiento de
pertenencia eran moneda corriente.
La decadencia de las técnicas de cantería y la generalización de otras formas de
construcción supuso la paulatina desaparición de las logias de canteros por lo que
éstas empezaron a admitir a personas que no eran albañiles. Estas logias
evolucionaron hacia sociedades de pensamiento, centros de unión de personas con
horizontes ideológicos, religiosos y geográficos distintos que compartían una moral
universal y un deseo de formar parte de una fraternidad.
Esta interpretación de los orígenes de las logias masónicas carece de rigor histórico,
pero constituye una metáfora que ha tenido una gran fuerza expresiva y una
importante influencia aún presente en las logias actuales.
Hay en el ser humano un impulso constructivo que se remonta al propio proceso de
humanización y que nos permitiría decir “construir hizo al ser humano”. Ese impulso se
funda en un sentimiento de insatisfacción con lo simplemente dado y con un deseo
proyectivo, fruto de la intuición de que es posible aprender y avanzar en sabiduría,
fuerza y belleza, trascendiendo nuestra vida cotidiana y desarrollando un mundo
espiritual que complemente nuestra vida ordinaria.
Y esto en dos sentidos, en el ámbito práctico, construyendo herramientas, máquinas y
sistemas que nos faciliten la vida y, en el ámbito teórico, ampliando nuestros
horizontes vitales a través del desarrollo de nuestra capacidad creativa en toda su
potencialidad, que nos llevan a disfrutar de una vida humana y más gozosa.
La masonería, a través de la metáfora de la construcción, nos invita a desarrollar este
impulso creativo que en ocasiones se expresa con el lema ilustrado de “Atrévete a
pensar por ti mismo” y que anida en la concepción del masón y la masona como seres
libres capaces de progresar, de limar sus asperezas, de desmontar los prejuicios y de
vivir una vida más sabia, en la que armonizar inteligencia, fuerza y belleza para
construir la obra deseada, un arte que se aplica a la vida.
La teoría sola no tiene valor transformador si no moviliza nuestras decisiones y
comportamientos. Estos se ven concernidos cuando profundizamos en nuestro mundo
espiritual, compuesto de fines, de esperanzas, de sueños, de ejercicios de
comprensión, de empatía: el reino de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Aun así,
nuestra obra no estaría completada si no fuésemos capaces de trasladar esos
aprendizajes a la sociedad que nos rodea.
Esta obra, esta tarea constructiva, da sentido a nuestras vidas, sugiere un estilo de ser
hecho de medida y equilibrio, de consciencia y rectitud. No nos ofrece un decir
concluyente, cerrado y acabado, sino que nos sumerge en un darle sentido de unión,
de fraternidad, de afecto, de comprensión mutua, de compasión y de solidaridad a la
vida.