
Segunda parte. Derechos humanos, valores masónicos y humanización
Esta concepción presentada en la parte primera, permite abordar de otra manera la relación entre Derechos Humanos y masonería. Libertad, igualdad, fraternidad, tolerancia y dignidad ocupan un lugar fundamental en la tradición masónica. Pero sería excesivo afirmar que son universales simplemente porque la masonería los proclama. Tampoco son valores exclusivamente masónicos. Proceden de una larga historia intelectual y moral y han sido defendidos desde tradiciones filosóficas, religiosas, políticas y culturales muy diferentes.
La cuestión verdaderamente interesante no es, por tanto, determinar si la masonería posee valores universales propios, sino preguntarnos qué hace con aquellos valores a los que atribuye una vocación universal.
Existe siempre una distancia entre proclamar un valor y vivir de acuerdo con él. Podemos defender intelectualmente la igualdad y mantener comportamientos discriminatorios; hablar de tolerancia y rechazar a quien piensa de manera diferente; defender la libertad y sentirnos incómodos cuando los demás hacen uso de ella en una dirección que no compartimos.
La universalidad de los valores no puede medirse únicamente por la extensión de las declaraciones que los proclaman. Tiene que ponerse a prueba nuestra relación con las personas concretas, especialmente con aquellas que son diferentes de nosotros.
La aportación de la masonería, entendida como proyecto de formación humana, no consistiría simplemente en afirmar que determinados valores son importantes, sino en proporcionar un espacio en el que las personas puedan reflexionar sobre ellos, confrontarlos con otras perspectivas e intentar incorporarlos progresivamente a nuestra manera de percibir, razonar y actuar.
La fraternidad ofrece un buen ejemplo. Resulta algo menos difícil experimentar fraternidad entre personas con las que compartimos símbolos, lenguaje, experiencias y vínculos de pertenencia. La verdadera dificultad aparece cuando ese reconocimiento debe extenderse a quien está fuera de nuestro grupo, pertenece a otra cultura, mantiene convicciones diferentes o incluso cuestiona las nuestras.
Algo semejante sucede con la igualdad. No basta con proclamar que todos los seres humanos son iguales en dignidad. La igualdad se convierte realmente en criterio moral cuando modifica nuestra manera de mirar a quienes ocupan posiciones sociales, económicas o culturales diferentes de la nuestra.
Por ello, la universalidad posee también una dimensión práctica. Un valor adquiere auténtica vocación universal cuando somos capaces de reconocer para los demás aquello que reclamamos para nosotros mismos.
Esto permite establecer un vínculo profundo entre Derechos Humanos y valores masónicos. Los Derechos Humanos proporcionan uno de los grandes lenguajes contemporáneos para expresar unas condiciones mínimas de dignidad, libertad e igualdad. La masonería, desde su propia tradición simbólica e iniciática, puede contribuir a que esos principios no permanezcan únicamente como declaraciones exteriores, sino que se conviertan en objeto de reflexión y de formación personal.
Pero esta posibilidad exige también una mirada crítica hacia la propia masonería. Ninguna institución puede considerarse depositaria definitiva de la universalidad. Si libertad, igualdad, fraternidad y tolerancia son verdaderamente valores, deben poder utilizarse también para examinar críticamente las prácticas de quienes los proclaman.
Lo universal no sería aquello que una tradición posee y después transmite a las demás, sino un horizonte hacia el que diferentes tradiciones y sociedades pueden avanzar, dialogando, corrigiéndose y ampliando progresivamente el círculo de quienes son reconocidos como iguales en dignidad.
Desde esta perspectiva, una sociedad se hace más humana cuando amplía las posibilidades de las personas para desarrollar sus capacidades, vivir con dignidad, ejercer responsablemente su libertad, participar en la vida común y ser reconocidas en sus diferencias, reduciendo al mismo tiempo las relaciones de dominación, exclusión, humillación y violencia.
Y algo semejante puede decirse de cada persona. Llegar a ser más plenamente humano no significa alcanzar un estado definitivo de perfección, sino aprender progresivamente a desarrollar nuestras propias posibilidades reconociendo que los demás poseen el mismo derecho a desarrollar las suyas.
Por eso, la reflexión sobre los valores universales no debería terminar preguntándonos simplemente si libertad, igualdad o fraternidad son universales. Debería conducirnos a una pregunta mucho más comprometida: ¿Qué hacemos para que aquello que proclamamos como universal vaya haciéndose progresivamente más universal en nuestra manera de vivir y en las sociedades que construimos?
Quizá sea ahí, precisamente, donde la universalidad deja de ser una afirmación abstracta y comienza a convertirse en una verdadera tarea de humanización.