A la búsqueda del Símbolo: La Dualidad del Fuego

Barcelona, 23 de junio de 2022

A finales de junio, en la noche de san Juan, se celebran una serie de fiestas populares en las que se arroja al fuego todo lo que se desea quitar de nuestra vida, desde enseres a malas experiencias. Se hace una pira con todo ello y, en algunos casos, la gente joven salta por encima del fuego, intentando representar nuestra victoria y la del fuego sobre todo lo malo que nos ha ocurrido, sobre todo lo que ya resulta inservible, sobre todo lo que es mejor olvidar. Hay lugares en los que se camina sobre una alfombra de brasas. Pero no solo es una cuestión purificadora y de destrucción de lo malo, también es una llamada a la energía generadora del fuego.

En francmasonería se celebran ritualmente los fuegos de san Juan, coincidiendo con el solsticio y, también en este caso, el fuego purifica todo lo malo del año anterior. 

La tradición francmasona de celebrar ambos solsticios viene de los Collegia Fabrorum o constructores en tiempos de los romanos, que tenían en el dios Jano, el dios de las dos caras, a su presidente. Esta tradición se cristianizó con los dos Juanes, el Bautista y el Evangelista, uno en verano y otro en invierno, y continúa hasta hoy, como momentos importantes en nuestro curso masónico.

Aunque sabemos que todo se nos presenta de una manera dual, tendemos a no tomar en consideración esta dualidad, y en el solsticio de verano celebramos la luz, cuando sabemos que en realidad se inicia su descenso. De la misma manera, en el solsticio de invierno, parece que reina la oscuridad y, sin embargo, comienza a hacerse presente, cada vez más, la luz.

Esta condición paradójica la sentimos también con el fuego, al que amamos y tememos por igual, porque es fuente de vida, pero también es fuente de la destrucción más radical.

¿Qué es el fuego? ¿Por qué ejerce esa fascinación en casi todas las personas? Incluso hay pirómanos, es decir, existe una enfermedad mental que hace que quien la sufre goce viendo el poder devastador del fuego. El fuego es uno de los cuatro elementos y su importancia es tal, que tiene presencia activa en casi todas las culturas. Los cuatro elementos están en la base explicativa de la composición del mundo, en la descripción de las enfermedades y de los caracteres físicos y psicológicos de los humanos, e incluso en astrología. De estos cuatro elementos, tierra, agua, aire y fuego, el fuego es el único que puede ser controlado por el ser humano, de hecho, la capacidad de guardar y generar fuego es la que nos permitió ser lo que hoy somos. Hay mitos, como el de Prometeo, que nos elevan por encima de la animalidad gracias a la obtención del fuego. El fuego simboliza la vida y la destrucción de la misma, la purificación y el sacrificio, y también la iluminación. Y aunque lo dominamos, tiene carácter sagrado en casi todas las culturas.

El fuego es símbolo de vida. Si no hay fuego no hay vida, nos permite sobrevivir al tiempo frío, cocinar alimentos, cauterizar heridas, elaborar herramientas.

En la cultura occidental es uno de los arkhé, los principios de la filosofía griega, precisamente por sus cualidades, que le hacen ser uno y múltiple. Dice Heráclito: “Este cosmos, (el mismo para todos) no lo hizo ningún dios ni ningún hombre, sino que siempre fue, es y será fuego eterno, que se enciende según medida y se extingue según medida.”

Su símbolo es un triángulo equilátero, con el vértice para arriba, y compone, con el triángulo del agua, que tiene su vértice hacia abajo, el hexagrama, símbolo de gran potencia para toda la Humanidad.

Su naturaleza es extraordinaria, por lo que está presente en una de las ciencias de la sabiduría tradicional, la alquimia, de manera eminente. En efecto, en el atanor, se encuentra el fuego invisible, que representa el calor del corazón, como símbolo de la inmortalidad, de hecho, hay quien sugiere que su nombre proviene del griego athanatos, que significa inmortal. #GFLE #MasoneríaFemenina

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